Escrito por Amor Pellitero on Viernes, 28 Octubre 2011 11:28.
QUÉ Y CUÁNTO DEBEMOS COMER.
¿QUÉ DEBEMOS COMER?
Para contestar esta pregunta tendremos que conocer primero varios aspectos de nuestra fisiología y del medio que nos rodea.

ESTRUCTURA DEL SISTEMA DIGESTIVO
La longitud de nuestro sistema digestivo se aproxima más a la de los animales herbívoros que a la de los carnívoros.
Los alimentos de origen animal se pudren más rápidamente que los de origen vegetal, produciéndose sustancias potencialmente tóxicas a medida que van descomponiéndose. Para un herbívoro es peligroso alimentarse de carne, ya que tendría que permanecer demasiado tiempo en su tubo digestivo sufriendo la inevitable putrefacción.
Por otra parte, la longitud de nuestro apéndice es mucho menor que la de los herbívoros, indicándonos que nuestro diseño no es demasiado compatible con el cudrivorismo.
Nuestra saliva es alcalina y contiene amilasas, que son unas enzimas que ayudan a digerir los hidratos de carbono complejos presentes casi exclusivamente en el mundo vegetal. Sin embargo la saliva de los carnívoros es ligeramente ácida y no contiene amilasas.
LOS DIENTES
Un adulto tiene 32 piezas dentales, de las cuales únicamente 4 son para morder y desgarrar (caninos), 8 más en la parte delantera para cortar y trocear (incisivos), y el resto, 20 más, son a modo de molinillos, más aptos para aplastar y moler alimentos tales como granos, frutos secos, semillas y raíces más duras y correosas.
LA EVOLUCIÓN
Cada especie animal muestra preferencia por los alimentos más representativos del ambiente existente en la época en la que se desarrolló.
Así por ejemplo diversas especies de reptiles gigantes coexistieron con el exuberante y lozano follaje de su era, mientras que las formas más pequeñas y densas de plantas, nueces y semillas y frutas ayudaron a crecer a familias de mamíferos, pájaros y monos. Los logros botánicos más recientes, geológicamente hablando, han sido los cereales, granos y semillas. Durante esta época fue cuando emergió la especie humana.
Los cereales y las legumbres han sido alimentos de consumo diario en las grandes civilizaciones: arroz con soja en extremo oriente; cuscús con garbanzos en el norte de África; maíz con frijoles en América; alubias, lentejas, garbanzos y guisantes con trigo, avena, cebada, sarraceno y mijo en Europa.
LA ADAPTACIÓN AL MEDIO
El hombre es el único animal que ha colonizado todo el Planeta. Ha conseguido adaptarse al medio comiendo alimentos del lugar y utilizando el fuego para su transformación.
Así, por ejemplo, los esquimales tienen una dieta a base de carne de animales polares, y son capaces de metabolizar grandes cantidades de vitaminas liposolubles almacenadas en los hígados de dichos animales. Los primeros exploradores de la Antártida tuvieron serias dificultades para sobrevivir con la dieta de sus habitantes, quedando en evidencia las diferencias metabólicas entra ambas razas. Diferencias que también pueden apreciarse en otro orden de cosas, los esquimales tienen una esperanza de vida muy por debajo de la de los hombres de las zonas templadas del planeta y nunca han sido conquistadores.
Estamos físicamente capacitados para comer de todo sin repercusiones inmediatas, pero nos conviene una dieta más vegetariana que carnívora, rica en hidratos de carbono complejos y muy especialmente los cereales y legumbres
LA CANTIDAD
El equilibrio de nuestra fisiología depende de tres funciones: la alimentación, el metabolismo y la eliminación.
Si comparamos nuestro cuerpo con una estufa de carbón, la alimentación es el combustible, el metabolismo es la combustión y la eliminación es la evacuación de desechos.
Demasiados alimentos o demasiados pocos; alimentos inadecuados; un mal funcionamiento por disminución del metabolismo y una eliminación insuficiente, provocan un estancamiento dentro del cuerpo de los desechos que habrían de ser evacuados (son las toxinas).
La presencia de toxinas provoca sensaciones desagradables, (síntomas) cuyo papel es el de avisarnos de que se está produciendo un desequilibrio.
Si hacemos caso omiso de esos timbres de alarma, la capacidad de eliminación de nuestros órganos excretores (hígado, riñones, intestinos, pulmones, piel) pronto se satura y aparecen síntomas generales de intoxicación:
síntomas mentales: mente confusa, impresión de estar enredado "en algodón", lenta formación de ideas, memoria defectuosa, indecisión...
síntomas emocionales: impresión de cansancio, depresión, falta de ánimo, mal humor, ansiedad, etc.
síntomas físicos: párpados hinchados o pegados, ojos rojos o amarillos, vista nublada, necesidad de sonarse, nariz taponada, boca pastosa o seca, lengua con una capa blanca o amarilla, necesidad de toser o escupir, mal aliento, picores en el cuero cabelludo o en la piel, dolores de cabeza, de estómago, de vientre o de otras partes del cuerpo; dolores, pesadeces, rigideces y debilidades en las articulaciones y en los músculos, trastornos de la piel y el cabello, vértigos, fatiga general, etc.
Todos estos síntomas corresponden a una sobrecarga de los mecanismos de eliminación del cuerpo y a un principio de intoxicación general.
Al despertar son intensos (los factores de eliminación están al máximo entre las 5 y las 10 de la mañana). Desaparecen en cuanto se toman alimentos o estimulantes (café, té, chocolate, cigarrillos, azúcar, etc.) que inhiben el trabajo de los órganos emuntorios (de eliminación). Se obtiene entonces una sensación de mejoría inmediata, aunque al precio de agravar la intoxicación.
Cuando esto ocurre, como desayuno solo debería tomarse una infusión, un caldo vegetal o un zumo. Deberían hacerse solo 2 comidas al día, y nunca irse a la cama sin haber hecho ampliamente la digestión. Deberíamos levantarnos de la mesa con un poco de hambre y nunca comer sin ella. Y como ayuda importantísima, el ejercicio físico que estimula la combustión y la eliminación.
Nuestro estado de salud va a depender de una alimentación correcta.
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